Política

Opinión | Ese detalle

En Misiones, la gestión se juega en detalles que nadie mira. En la oposición nacional, en un espejo que todavía devuelve una imagen borrosa. Kicillof avanza, pero el peronismo no termina de reconocerlo. Y Cristina, desde San José 1111, sigue marcando el compás. Los detalles definen una gestión. El espejo, una candidatura.

Por Sergio Fernández
A veces todo se rompe por una cosa mínima. Una palabra mal dicha. Un gesto que no se hizo. Una distracción. Y después, cuando la historia ya terminó, uno repasa los hechos y descubre que el desenlace no estaba en el final, sino en ese detalle imperceptible, tan pequeño y hasta oculto, que nadie tuvo la capacidad de advirtirlo a tiempo. La Mississippi, en la inconfundible voz de Ricardo Tapia, lo canta desde hace décadas. La literatura también lo repite. Y la propia vida lo confirma todos los días.
La política funciona parecido. Las grandes decisiones se anuncian con bombos y platillos. Las que de verdad importan, muchas veces, pasan casi inadvertidas. No ocupan espacio en los discursos ni generan grandes fotografías. Se conocen cuando llega el recibo, cuando aparece el descuento en el sueldo, cuando una cuenta deja de cerrar o cuando una familia necesita que alguien llegue después de que una tormenta le llevó parte de lo que tenía.
La semana de gestión del gobernador Hugo Passalacqua estuvo atravesada por ese tipo de decisiones. Algunas tienen que ver con el endeudamiento de los empleados públicos, otras con los costos de producir, otras con el movimiento comercial y otras, directamente, con la capacidad del Estado para reaccionar frente a una emergencia. Son asuntos diferentes, pero tienen un punto de encuentro: la necesidad de intervenir sobre problemas que ya están instalados en la vida de los misioneros.

La decisión de reducir al 30% el límite de los descuentos que pueden aplicarse sobre los salarios de empleados públicos y jubilados merece una mirada particular. El sobreendeudamiento no se hace visible hasta que ya es tarde. Una cuota parece manejable, después aparece otra, se suma una tercera y, cuando llega el día de cobrar, buena parte del sueldo ya tiene destino antes de entrar en la cuenta con un agravante que envuelve la situación en una maraña: son deudas que se acumulan para un acto tan sencillo como llevar el pan de cada día a la mesa. La morosidad del crédito llegó al 12,7% y la Provincia ya había reducido al 39% el porcentaje que podía comprometerse mediante códigos de descuento. Ahora estableció un límite todavía menor, sumó topes a las tasas y al costo financiero total, incorporó la obligación de informar con claridad cuánto terminará pagando quien toma un préstamo y contempló mecanismos de refinanciación.
No hace falta demasiado esfuerzo para entender qué hay detrás de una decisión semejante. Cuando las cuotas empiezan a ocupar una parte importante del salario, el problema deja de ser financiero y pasa a ser doméstico y en la era de los libertarios, social. Es la compra que se posterga, el arreglo de la casa que queda para después, la actividad del hijo que se piensa dos veces. Por eso, más allá de las cuestiones técnicas del decreto, hay una discusión sobre cuánto margen le queda a una familia para disponer de su propio ingreso.

La misma preocupación aparece en otras medidas de las últimas semanas. Desde agosto, Misiones dejó de aplicar determinadas retenciones automáticas de Ingresos Brutos sobre transferencias mediante CBU y CVU para monotributistas comprendidos hasta la categoría D. El cambio puede parecer pequeño desde la perspectiva de una administración tributaria, pero no lo es para quien recibe una transferencia familiar, un reintegro o simplemente mueve dinero de una cuenta a otra y descubre que una parte fue retenida como si hubiera realizado una operación comercial. También volvió el Ahora Patente, con financiación y descuentos en los municipios adheridos. Y esta semana se decidió eliminar hasta diciembre de 2027 el canon de agua para usuarios productivos y de servicios que consuman hasta 299 metros cúbicos mensuales. Agricultura, ganadería, industria, piscicultura, alojamiento, turismo y otras actividades quedan alcanzadas.
En una economía donde los números se miran cada mañana antes de tomar una decisión, quitar un costo no resuelve todos los problemas, pero puede evitar que uno más termine inclinando una balanza que ya está cargada. Ese es el criterio que aparece detrás de estas medidas: no la posibilidad de solucionar desde Posadas lo que depende de la macroeconomía nacional, sino la decisión sobre qué puede aliviarse desde la administración provincial. El comercio ofrece otra fotografía de esa situación. Los Black Friday de San Vicente y Eldorado buscaron generar movimiento con descuentos, promociones y financiación. En una provincia donde el comercio tiene un peso importante en la generación de empleo, intentar que la gente vuelva a comprar no es solamente una cuestión comercial. También supone tratar de mantener en funcionamiento una cadena que incluye trabajadores, proveedores, alquileres y pequeñas empresas que viven de ese movimiento.

Hay, sin embargo, una cuestión que conviene no perder de vista. Ninguna de estas herramientas alcanza para modificar por sí sola el escenario económico. Como se viene señalando en este mismo espacio, la Provincia no dispone de herramientas para frenar la inflación, no decide las tasas de interés nacionales, no determina el nivel de consumo ni puede resolver por decreto la crisis de actividades como la yerbatera. Presentarlas como soluciones definitivas sería tan poco serio como ignorarlas porque no alcanzan para resolverlo todo. Gobernar también es trabajar dentro de esos límites, saber qué está al alcance y qué no, dónde se puede intervenir y dónde solamente queda reclamar. La discusión puede parecer menos épica que la que suele dominar la política, pero claramente mucho astante más cercana a la vida real.
Y la vida real, esta semana, también pasó por el norte de Misiones. El temporal que golpeó San Pedro dejó 22 familias afectadas, viviendas destruidas y una víctima fatal. Hubo evacuaciones y asistencia con colchones, frazadas y elementos de primera necesidad, mientras distintos organismos trabajaban para recuperar el servicio eléctrico y llevar materiales a las familias damnificadas. En una emergencia de esas características, las discusiones políticas quedan reducidas a su mínima expresión. Una familia que perdió su casa no necesita una interpretación: necesita que alguien llegue. Después vendrán las explicaciones, los análisis y las discusiones sobre infraestructura, prevención o responsabilidades. Primero está la respuesta.
En otra dimensión, también formó parte de la semana el regreso a Misiones de la histórica imprenta jesuítico-guaraní construida hacia 1700 en Loreto. Después de aproximadamente 250 años, una pieza que forma parte de la historia de la región volvió a la provincia. No es una medida destinada a mejorar el salario de nadie ni a resolver una emergencia, pero también forma parte de la tarea de un Estado: administrar el presente sin perder de vista aquello que una sociedad considera parte de su identidad.

La agenda institucional tuvo, además, una particularidad que en la política argentina suele generar más especulaciones de las necesarias. En pocos días Passalacqua recibió al presidente Javier Milei y al gobernador bonaerense Axel Kicillof. Uno representa al Gobierno nacional y el otro conduce la provincia más grande del país, y sus diferencias políticas son evidentes. Pero un gobernador no elige con quiénes se relaciona según la simpatía ideológica del visitante. Hay una responsabilidad institucional que cumplir y, cuando existe una oportunidad de conseguir algo para la provincia, también hay que saber aprovecharla. Con Kicillof se firmaron acuerdos vinculados con industria, tecnología, seguridad, emergencias y producción agropecuaria, y se abrió para pequeñas marcas, PyMEs y cooperativas yerbateras la posibilidad de acceder a Mercados Bonaerenses. Lo importante no está en la fotografía de Passalacqua con uno u otro dirigente. Está en qué hace Misiones con cada vínculo que construye.

También hubo un dato institucional que merece ser incorporado a la discusión. Misiones obtuvo 7,55 puntos en el Índice de Transparencia Presupuestaria Provincial elaborado por CIPPEC, por encima de la medición anterior y segunda en el NEA. El indicador no convierte a ninguna administración en perfecta ni elimina la necesidad de seguir mejorando. Pero es un dato objetivo sobre una cuestión que forma parte de la calidad de una gestión: cómo informa y pone a disposición de la sociedad el destino de los recursos públicos.
Mientras tanto, la Legislatura discute un Presupuesto 2027 superior a los 5,2 billones de pesos. Y ahí aparece el problema que atraviesa a cualquier gobierno: las necesidades crecen mucho más rápido que los recursos disponibles y cada decisión implica necesariamente elegir una prioridad por encima de otra. Quizás por eso, más que buscar una gran definición política en cada anuncio, esta semana convenga mirar el conjunto. Un límite al endeudamiento, una retención que deja de aplicarse, un impuesto que se alivia, una herramienta para mover el comercio, asistencia después de un temporal, una negociación institucional que puede abrir mercados y un presupuesto que deberá transformar números en decisiones.

No son todas medidas de la misma importancia ni tienen el mismo impacto. Tampoco alcanzan para decir que los problemas están resueltos. Pero permiten observar algo bastante más sencillo: frente a una economía que obliga a medir cada movimiento, gobernar consiste también en saber dónde poner el peso del Estado y dónde quitarlo. Y esa tarea, que puede resultar poco espectacular desde afuera, es probablemente una de las más difíciles. Porque mientras la política discute grandes escenarios, la vida cotidiana sigue haciendo sus cuentas. Y es allí, mucho antes que en los discursos, donde cualquier gobierno termina siendo evaluado.
Hay detalles que parecen no tener importancia. Un descuento menos en el sueldo. Una retención que no se aplica. Un impuesto que se alivia. Pero sumados, a más de mil, terminan marcando un camino. Y en política, como en la vida, esos detalles rara vez son fatales. Pero casi siempre son decisivos.
El espejo

Cada vez que la política argentina entra en etapa de definiciones, aparece un espejo. No siempre devuelve la imagen que uno espera. A veces agranda. A veces deforma. Y a veces muestra cosas que el propio interesado prefiere no ver. En la oposición, esa instancia parece haber llegado.
El avance de Axel Kicillof en una eventual carrera por disputarle el poder a Javier Milei tiene fundamentos concretos. Gobierna la provincia más grande del país. Maneja un territorio que, a diferencia de otros distritos, tiene espalda propia para continuar a pesar de un gobierno nacional que le retacea fondos como al resto de las provincias. Su nombre suena en las encuestas. Su figura se instala. Su discurso encuentra eco en una parte del electorado que busca una alternativa (algunos analistas dicen que su intención de voto ronda el 35 por ciento).

Pero su nombre todavía no reúne el consenso directo entre los demás espacios que conforman la tribu del peronismo, compuesta por dirigentes que tienen un instinto muy desarrollado cuando de olfatear sangre se trata. Y ahí aparece la pregunta que ningún análisis serio puede evitar: ¿alcanza con gobernar la provincia más grande, con tener estructura y con aparecer en las encuestas para convertirse en el candidato de un espacio que sigue siendo heterogéneo, fragmentado y con muchas voces?
La gran paradoja es que quienes más se muestran en contra de la posibilidad de que Kicillof sea “el” candidato del partido no vienen de la oposición. Vienen de adentro. La propia conducción del PJ Nacional y sus seguidores dejaron en claro que no están dispuestos a aceptarlo sin condiciones. Esta semana, antes de su visita a Misiones, la principal referente de La Cámpora en la provincia, Cristina Britez, lo trató de traidor y sugirió que no podrá recibir el apoyo del kirchnerismo mientras se niegue a visitar a la expresidente, que cumple prisión domiciliaria en el departamento de San José 1111, en Buenos Aires. Es una señal. No define el futuro de Kicillof, pero muestra que el camino hacia una candidatura única está lejos de estar allanado.

Hay un antecedente que conviene mirar sin necesidad de convertirlo en sentencia. Horacio Rodríguez Larreta se sintió presidente antes de las elecciones de 2023. Construyó un PRO sin Mauricio Macri, convencido de que su tiempo había llegado. Terminó derrotado por Patricia Bullrich en las PASO. No fue el único factor, pero la relación con el liderazgo de su propio espacio fue determinante. En este caso, Macri y Cristina son lo mismo: referentes de sus espacios. Aunque ya no gobiernen, aunque no ocupen cargos formales, siguen siendo las figuras que ordenan y desordenan. Nadie puede construir una alternativa dentro del peronismo sin resolver el vínculo con Cristina. Nadie puede construir una alternativa dentro del PRO sin resolver el vínculo con Macri.
Kicillof parece saberlo. Por eso su visita a Misiones y antes a Chaco y Corrientes y otras provincias no es un gesto casual. Es un intento de mostrar que puede caminar sin necesidad de rendir cuentas en San José 1111. Y es también una forma de medir hasta dónde llega su propio peso dentro de un espacio que todavía no termina de definir qué quiere ser.

La oposición argentina tiene un problema más grande que Milei. Tiene un problema consigo misma. No termina de entender que el gobierno que quiere reemplazar no se derrumba solo. Que el desgaste ajeno no es una estrategia. Que el tiempo no trabaja a favor de nadie. Y que construir una alternativa requiere algo más que nombres, encuestas y operaciones. Requiere un proyecto, un equipo y una capacidad de interpretar el país que cambió.
Kicillof tiene una oportunidad. El espejo dirá si la imagen que devuelve coincide con la que él imagina. Por ahora, la respuesta sigue abierta.

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