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DON KITO KRAMER│El Hombre que hizo hablar al Bandoneón en Colonia Alicia


Hay historias que no aparecen en los grandes libros ni ocupan las primeras planas de los diarios. Sin embargo, son las que mejor representan el alma de un pueblo. Historias sencillas, construidas con trabajo, sacrificio, amor y música. Hoy queremos detenernos unos minutos para recordar a uno de esos hombres que dejaron una huella profunda en Colonia Alicia, municipio de Colonia Aurora. Hablamos de don Kito Kramer.
Su historia llegó hasta nosotros gracias al emocionante testimonio de su esposa, Aldaci, quien con la serenidad de quien vivió una vida entera al lado del hombre que amó, fue desgranando recuerdos que parecen escenas de una película. Cada palabra nos permitió conocer no solamente al músico, sino también al esposo, al padre, al vecino y al amigo.

Todo comenzó en 1967, durante un casamiento en Esquina Londero, Brasil. Allí se conocieron. Kito estaba haciendo el servicio militar obligatorio en Apóstoles y, cada vez que tenía oportunidad, cruzaba el río en canoa para visitar a sus amigos del otro lado de la frontera. En uno de esos viajes encontró también al amor de su vida.
No fue un noviazgo sencillo. Los padres de Aldaci se resistían porque aquel muchacho vivía del otro lado de la frontera. En aquellos años, las distancias parecían mucho más grandes que hoy. Pero el amor pudo más. Kito insistió con respeto, volvió una y otra vez y terminó conquistando no sólo el corazón de Aldaci, sino también la confianza de toda la familia.

Pero mientras nacía esa historia de amor, ya existía otra pasión que lo acompañaría durante toda su vida: la música.
Con apenas 16 años descubrió un viejo bandoneón. Era pequeño, gastado por el tiempo, pero para él era un tesoro. Aprendió completamente solo. No tuvo profesores ni escuelas. Se encerraba a practicar casi a escondidas porque su hermano mayor, don León, no veía con buenos ojos aquella afición. Sin embargo, el talento era demasiado grande para permanecer oculto. Cada día lograba sacar nuevas melodías, demostrando un oído privilegiado y una facilidad sorprendente para aprender.
Su padre, don Bendelino Kramer, fue quien comprendió que aquel muchacho tenía un don especial. Hombre trabajador, dedicado al acopio de esencia de citronela y tabaco, decidió hacer un enorme esfuerzo económico para comprarle un verdadero bandoneón profesional.
Así fue como llegaron hasta el reconocido músico Vittorio Rizzi, de Horizontina, Brasil. Al escucharlo tocar, quedó maravillado por la rapidez con la que aprendía. No dudó en venderle su instrumento, convencido de que quedaba en buenas manos.

Ese bandoneón cambiaría la historia.
Muy pronto nació la orquesta de Kito Kramer. Junto a Bernardo en el acordeón, su hermano Cándido en el pistón, Eddie Zipper en la batería, Matías Kramer en la guitarra y más tarde Jorge Thomas, comenzaron a recorrer la región llevando alegría a bailes populares, fiestas familiares y celebraciones de toda la zona.
Los ensayos eran toda una aventura. En aquellos años todavía no había energía eléctrica en muchos lugares de la colonia. Ensayaban en un galpón de la casa de doña Hilga, la mamá de Kito, conocida además por ser partera de numerosas familias de la región. Para alimentar los equipos utilizaban un grupo electrógeno. Cuando arrancaba el motor, comenzaba también la magia.

Aquellas noches seguramente quedaron grabadas para siempre en la memoria de quienes las vivieron. El sonido del bandoneón viajando entre los árboles, las risas, el olor a tierra colorada y la ilusión de un grupo de jóvenes que hacía música simplemente porque amaba hacerla.
En abril de 1970 llegó otro momento inolvidable. Kito y Aldaci se casaron por civil en Colonia Alicia y luego celebraron la ceremonia religiosa en Esquina Londero junto a unos 150 invitados. Después de una sencilla luna de miel por Alba Posse y Colonia Aurora comenzaron una vida humilde, en una casa sin electricidad, con cocina a leña y una heladera que funcionaba a querosén.

Como tantas familias de la época, fueron construyendo su futuro con mucho esfuerzo. Gracias al apoyo de su suegro, Kito abrió una carnicería, emprendimiento que sostuvo durante muchos años.
Poco después llegó una enorme alegría. Tras un tratamiento realizado en Posadas nació su hija, Ángela Beatriz, llenando de felicidad el hogar.
Los años transcurrían entre el trabajo y la música. Cuando podían escaparse, cruzaban hacia una isla del río. Allí, bajo la sombra de los árboles de mora, Kito volvía a sacar su bandoneón. No hacía falta un escenario. Bastaban algunos amigos, un mate compartido y las primeras notas para que apareciera la emoción.

Pero la vida también sabe poner pruebas muy duras.
En 1974 falleció repentinamente su padre, víctima de un infarto. Ese golpe cambió para siempre el corazón del músico. Desde entonces decidió dejar de tocar en bailes y fiestas públicas. Nunca abandonó el bandoneón, pero eligió reservarlo únicamente para los encuentros familiares y las reuniones entre amigos.
Como si el destino siguiera golpeando, poco tiempo después la familia sufrió otra tragedia con la muerte del pequeño hijo de su hermano León.
Sin embargo, Kito nunca dejó que la tristeza apagara completamente la música. Su fe, su familia y su querido bandoneón siguieron siendo refugio en los momentos difíciles.

Con el paso de los años llegaron también los problemas de salud. Una arritmia cardíaca, el colesterol, varias cirugías de la vista y el deterioro propio del tiempo comenzaron a limitar sus actividades. Ya no podían visitar aquella isla donde tantas melodías habían nacido.
Se jubiló a los 63 años. Y cuando cumplió 80, el 25 de enero, su hija Ángela le preparó una fiesta sorpresa junto a sus amigos de toda la vida. Fue una celebración cargada de emoción. Aunque seguía lúcido, comenzaban a aparecer los primeros síntomas de una enfermedad cognitiva.
Los médicos habían advertido que una caída podía resultar fatal.
Lamentablemente, el 5 de mayo ese accidente ocurrió. Después de la caída sufrió un infarto masivo y falleció durante la madrugada. Esa misma tarde, familiares, vecinos y amigos lo despidieron para siempre.

Pero hay personas que nunca terminan de irse.
Porque mientras exista alguien que recuerde una melodía, una fotografía o una historia compartida, seguirá viviendo entre nosotros.
Hoy ese legado continúa en las manos de sus nietos. Valentín y Jeremías comenzaron a aprender a tocar la guitarra y el mismo bandoneón que perteneció a su abuelo. Cada nota que sale de esos instrumentos vuelve a despertar la emoción de Aldaci, quien siente que, de alguna manera, Kito sigue acompañando a la familia.
Quizás ese sea el verdadero sentido de la música: vencer al tiempo.

Porque los hombres pasan, pero las canciones quedan.
Y mientras en algún rincón de Colonia Alicia vuelva a sonar ese viejo bandoneón, seguramente habrá quienes cierren los ojos y digan en silencio: “Ahí está don Kito Kramer… haciendo hablar otra vez a su querida tierra misionera.”

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