Interés general

Desde San Isidro, un avoz que nos invita a detenernos


Hay ciudades que uno conoce por lo que ve mientras se recorre buenos aires Y hay ciudades que uno empieza a conocer verdaderamente cuando alguien que camina sus calles todos los días nos cuenta lo que sucede detrás de esas imágenes.
San Isidro tiene sus casas antiguas, sus árboles, sus calles, sus barrios elegantes y también esos enormes contrastes que muchas veces quedan escondidos detrás de una avenida, de una pared o de una puerta.

Este viernes, en “Al Mediodía con Fredy”, la radio nos permitió entrar, aunque fuera por un rato, en esa otra realidad.
Desde San Isidro, Buenos Aires, conversamos con el Padre Mario, un sacerdote que desde hace años desarrolla su tarea pastoral acompañando comunidades y familias de barrios humildes.
Y cuando comenzó a contar lo que ve cotidianamente, apareció una Argentina que muchas veces no vemos.
Casas pequeñas, con poca ventilación, familias viviendo con enormes dificultades, instalaciones eléctricas precarias y el riesgo permanente de que un accidente termine convirtiéndose en una tragedia.
Pero hubo una preocupación que atravesó toda la conversación y que, quizás, sea una de las heridas más dolorosas de nuestro tiempo: los adolescentes que están sufriendo en silencio.

El Padre Mario habló del aumento de situaciones vinculadas al suicidio adolescente y de una sociedad que muchas veces no se da cuenta de lo que está pasando hasta que ya es demasiado tarde.
Y entonces apareció una frase sencilla.
Una pregunta que cualquiera de nosotros puede hacer.
“¿Cómo estás?”
Dos palabras.
Nada más.

Pero detrás de esas dos palabras puede haber una puerta que se abre. Una posibilidad de hablar. Una oportunidad para que alguien deje de sentirse solo.
Porque quizás uno de los grandes problemas de estos tiempos sea justamente ese: vivimos permanentemente conectados y, sin embargo, muchas personas se sienten profundamente solas.
Tenemos teléfonos, redes sociales, mensajes instantáneos y cientos de contactos.
Pero a veces nos falta algo mucho más sencillo:
mirarnos a los ojos.

Preguntar cómo está el otro.
Y quedarnos a escuchar la respuesta.
La conversación también nos llevó inevitablemente a la situación económica y social de la Argentina.
El cierre de comercios y pequeñas empresas, la falta de trabajo, las dificultades de la clase media, la pobreza y una sociedad que parece cada vez más fragmentada fueron parte de un diagnóstico compartido durante la charla.
Pero hubo algo que me quedó dando vueltas.
Porque más allá de las discusiones políticas, de los gobiernos de turno y de las explicaciones económicas, apareció una pregunta mucho más profunda:
¿En qué momento dejamos de mirarnos como seres humanos?

El Padre Mario hablo de la necesidad de recuperar la solidaridad, la fraternidad y la capacidad de involucrarnos con lo que le pasa al otro.
No solamente esperar que alguien venga a solucionar los problemas.
También preguntarnos qué podemos hacer nosotros.
Tal vez sea allí donde comienza cualquier transformación verdadera: en el pequeño lugar donde vivimos, en nuestra familia, en nuestro barrio, en nuestro trabajo, en la manera en que tratamos al que tenemos al lado.

Durante la conversación apareció también una expresión que me pareció particularmente fuerte:
pasar de un cristianismo del desahogo a un cristianismo del enamoramiento.
Dejar de quedarnos solamente en la queja y empezar a comprometernos con aquello que creemos.
Porque hablar de amor, de fe y de solidaridad es relativamente fácil.
Lo difícil es llevar esas palabras a la vida cotidiana.
Y entonces la charla tomó otro rumbo.
De los barrios de San Isidro viajamos hasta Misiones.

El Padre Mario contó su experiencia misionera y habló del valor humano que encontró en nuestra provincia. Ese intercambio entre personas que tienen realidades diferentes, pero que pueden encontrarse alrededor de la fe, de una conversación y de una mesa compartida.
Y casi sin darnos cuenta, terminamos viajando todavía más lejos.
A Fátima, a Santiago de Compostela.

Lugares que para millones de personas representan mucho más que destinos turísticos.
Fátima, con la presencia de la Virgen.
Santiago, con ese camino interminable que se hace con los pies, pero que muchas veces termina recorriendo lugares mucho más profundos del corazón.
Y Asís, tierra de San Francisco, como un espacio de paz, de silencio y de encuentro.
Mientras escuchaba al Padre Mario hablar de esos caminos, pensaba que quizás todos hacemos, de alguna manera, nuestro propio Camino de Santiago.
Algunos lo hacen caminando miles de kilómetros.
Otros lo hacen atravesando una enfermedad, una pérdida, una crisis económica, un problema familiar o simplemente esos momentos de la vida en los que uno no sabe muy bien hacia dónde seguir.
Y quizás el camino siempre tenga algo para enseñarnos.

Por eso, al final de la entrevista, le pedí al Padre Mario un mensaje para quienes estaban escuchando desde Misiones.
Y su respuesta fue sencilla.
Agradecer.
Agradecer por la vida.
Por lo que tenemos.
Por las personas que todavía están a nuestro lado.
Y después, algo que en este mundo lleno de ruido parece casi revolucionario:
hacer silencio.
Porque estamos acostumbrados a pedir.
Pedimos salud, trabajo, dinero, soluciones, respuestas.
Pero quizás nos hemos olvidado de algo fundamental:
escuchar.
Escuchar qué nos pasa.
Escuchar al otro.

Y, para quienes tienen fe, escuchar también a Dios.
Quizás por eso esta entrevista no terminó cuando dejamos de hablar.
Porque algunas conversaciones siguen trabajando adentro de uno mucho después de que termina la transmisión.
Hoy la radio nos llevó desde 25 de Mayo hasta San Isidro, y desde San Isidro hasta Fátima, Santiago y Asís.
Pero, sobre todo, nos llevó hacia un lugar mucho más cercano.
Hacia nosotros mismos.

Y mientras afuera continúa el ruido de todos los días, quizás valga la pena hacer algo muy sencillo.
Apagar un rato el teléfono.
Sentarse en silencio.
Respirar.
Mirar alrededor.
Y agradecer.
Porque a veces las respuestas que buscamos desesperadamente afuera están esperando que hagamos un poco de silencio para poder escucharlas.

Editorial 02-10 y nota con el P.Mario

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