Política

Nota de Opinión: INTERPRETAR EL PULSO DE LA SOCIEDAD Y ACTUAR EN CONSECUENCIA

Por Nicolás Marchiori

Los medios de comunicación constituyen desde hace tiempo el universo simbólico en el que pensamos, actuamos y sentimos. Todo pasa por allí, desde las ideas hasta los estilos de vida, desde la acción política y el ocio, hasta la educación.

Uno de los elementos destacados de la cultura mediática en la era de la revolución digital es la publicidad, cuyo peso en los hábitos, en la consolidación de creencias y el reforzamiento de conductas va más allá de la compra de productos determinados. Dicho esto, la dificultad para cambiar una mala imagen o para instalar algo desconocido se encuentra en competir con el diluvio informativo, porque vivimos sobresaturados de palabras vacías, ruidos e imágenes que nos llegan por todas partes. La saturación de mensajes generan una gran desatención, una permanente distracción que impide que podamos escuchar realmente y priorizar contenidos. Nos vamos acostumbrando a oír palabras que no nos dicen nada, palabras vacías. Asistimos a un mundo lleno de monólogos que entretienen y que sólo dejan información irrelevante, sin conexión con las dimensiones más profundas de la vida humana y que, además, la mayoría de las veces es falsa y sólo persigue como fin promover el odio, la desesperanza y la desafección.

La invasión de información excesiva abruma a las personas y la fugacidad de las noticias hace muy difícil una auténtica y profunda reflexión sobre temas complejos que tienen a simplificarse para sean fácilmente digeridos por una masa acrítica.

En un mundo donde todo se ve en pantallas, la realidad ya no interesa, sino lo que se percibe, no importan los hechos , sino lo que se muestra. Esto es lo que se conoce como “posverdad”. La crisis de conocimiento de lo real, reducido a sus apariencias, es uno de los grandes desafíos de estos tiempos.

En la Era de la Modernidad Líquida, la promesa y la lealtad necesitan de una genuina vivencia del tiempo. La mentalidad del “corto plazo” conspira contra la esperanza, es por ello que autores como Zygmunt Bauman y Byung – Chul Han invitan a pensar en un horizonte que amplíe el presentismo en el que solemos vivir. Eso exige, inexorablemente, no dejarse arrastrar por el diluvio informativo, sino elegir cómo queremos vivir.                  Porque pensar en profundidad requiere del silencio y del paso del tiempo. Eso no puede acelerarse.

Henry Kissinger, reconocido diplomático y ex Secretario de Estado durante las presidencias de Nixon y Ford y asesor de muchos otros presidentes estadounidenses, en su último libro Leadership, publicado meses antes de su fallecimiento, sostiene que cualquier sociedad, con independencia de cuál sea su sistema político, se encuentra en un tránsito perpetuo entre un pasado que conforma su memoria y una visión del futuro que inspira su evolución.

En ese recorrido, el liderazgo es indispensable: hay que tomar decisiones y proponer una forma de avanzar. Sin liderazgo, las instituciones pierden el rumbo y se exponen a una irrelevancia cada vez mayor y, en última instancia, al desastre.

El liderazgo es aún más esencial durante las transiciones, cuando los valores y las instituciones pierden relevancia, y el plan esbozado para un futuro digno es objeto de disputa.

En todas las sociedades y en cualquier nivel de responsabilidad, se necesitan administradores que guíen a diario las instituciones que se les confían. Pero durante los períodos de crisis –ya sea una guerra, un cambio tecnológico brusco, una disrupción económica inquietante o turbulencias ideológicas-, la gestión del status quo puede ser el curso más arriesgado de todos.

Frente a este contexto, los líderes se enfrentan inevitablemente al enorme reto de impedir que las exigencias del presente abrumen el futuro. Los líderes comunes tratan de gestionar lo inmediato. Una suerte de reacción espasmódica, muchas veces atada al cortoplacismo. Los grandes líderes en cambio, esos que tienen la estirpe de estadista, intentan mejorar la sociedad en función de su visión.

En ese recorrido, el liderazgo es indispensable: hay que tomar decisiones y mantener las promesas, proponer una forma de avanzar. Sin liderazgo, las instituciones pierden el rumbo y se exponen a una irrelevancia cada vez mayor y, en última instancia, al desastre.

Para que las estrategias inspiren a la sociedad, los líderes tienen que ser didácticos: comunicar los objetivos, mitigar las dudas y movilizar apoyos.

El liderazgo es aún más esencial durante las transiciones, cuando los valores y las instituciones pierden relevancia. Es en estos momentos cuando los líderes están llamados a hacer diagnósticos y pensar de manera creativa.

Estos líderes aceptan el cambio y el progreso, mientras se aseguran que la sociedad conserva su sentido esencial mediante las evoluciones que fomentan en ella.

A quienes les interesa la política, la alfabetización profunda les proporciona una cualidad que Max Weber denominó “proporción”, descripta como “la capacidad de permitir que la realidad te afecte mientras mantienes la calma interior y la compostura. La lectura intensa ayuda a los líderes a desarrollar la distancia mental, respecto a los estímulos externos y las personalidades, que mantiene el sentido de la proporción”.

Ahora bien, las grandes transformaciones sólo pueden llevarse adelante de la mano de líderes con una aguda percepción de la realidad y una visión poderosa. Como contrapartida, los líderes mediocres son incapaces de distinguir lo significativo de lo ordinario; tienden a verse sobrepasados por el aspecto inexorable de la historia. Los grandes líderes intuyen los requisitos intemporales del arte de gobernar y distinguen, entre los muchos elementos de la realidad, aquellos que contribuyen a unas elevadas perspectivas de futuro y deben ser promovidos de otros que deben ser gestionados.

Los verdaderos estadistas entienden la importancia de la soledad. Lejos de las luces y las cámaras y de la carga cotidiana de mando, sacan partido a la quietud y la reflexión, sobre todo antes de tomar decisiones importantes.

Francia recuerda a Charles De Gaulle como su mayor figura del siglo XX, un actor central de la política en aquella época que buscó que el pueblo francés siga el camino que lideraba. Considero menester traer a colación el ejemplo de De Gaulle, ya que en su caso la controversia fue una consecuencia inevitable de las transformaciones que pretendió llevar adelante. En consecuencia, queda claro que un líder no puede emprender grandes reformas y transformaciones sin molestar intereses arraigados y enemistarse con ciertos grupos de poder.

No todo el mundo admira a los líderes, ni durante sus años de gobierno ni después, ni tampoco está de acuerdo con sus políticas. Siempre enfrentarán resistencias, muchas veces incomprensibles, pero el líder debe valerse de una fortaleza espiritual y mental para soportar la incomprensión. Al fin y al cabo, ese es el precio de hacer historia.

Encuentro Misionero es la caja de resonancia de la sociedad

La aguda lectura del pulso social por parte de Carlos Rovira le permitió sintetizar en Encuentro Misionero el inicio de un nuevo tiempo político que tiene como elementos salientes una apertura nunca antes vista hacia nuevos actores de la vida social que piden pista en el terreno político y una horizontalidad que permite la participación ciudadana activa con un único requisito: pensar para actuar, para transformar.

Bajo el liderazgo de Rovira, Encuentro Misionero trazó una hoja de ruta clara basada en una interpretación de lo que quiere la sociedad. Esto puedo resumirse en cuatro aspectos bien marcados: la apuesta a la participación e impulso de nuevos protagonismos; la gestión con eje en el desarrollo de infraestructura estratégica para el desarrollo productivo y la reactivación económica; una ambiciosa serie de reformas para modernizar el sistema electoral, y la férrea defensa de los intereses provinciales frente al poder central. 

En cuanto a la construcción política, Encuentro Misionero muestra una apertura y una convocatoria amplia a las nuevas generaciones y sectores que generalmente se encuentra distantes de la política. En cada “Previa” de los jueves, Rovira invita a participar a los más diversos actores de la sociedad: desde jóvenes, profesionales, empresarios, hasta funcionarios, dirigentes y militantes, algo nunca visto en las dinámicas de los espacios políticos. Esa característica de debate horizontal le da un vigor particular al espacio liderado por Rovira que hace que jueves tras jueves se amplíe esa base de participación de una manera inusitada.  “La Previa” pasó de ser materia de análisis del círculo rojo para colarse en las charlas de la gente de a pie, y comienza a encender una mística que se retroalimenta con las ganas de ser parte de este proceso histórico.

En materia de gestión, el mentor de Encuentro Misionero pone el foco en el largo plazo sin dejar de atender las cuestiones urgentes derivadas de la coyuntura económica nacional.

El último jueves, Rovira adelantó que está en estudio la emisión de un bono que permita financiar obras de infraestructura estratégica para la provincia como la conectividad satelital, nuevos parques solares para generación de energía limpia, la ampliación de la red vial, puentes y centros de salud.

Uno de los temas que despiertan mayor interés, es lo que respecta al ambicioso plan de reformas para modernizar el sistema electoral. Una iniciativa que se ajusta a los reclamos de la sociedad. Desde Encuentro Misionero se propone la implementación de la Boleta Única Partidaria para hacer más simple el proceso electoral, la eliminación de las PASO a nivel nacional para reducir costos y dejar de trasladarle a la gente un tema que tienen que resolver internamente los partidos políticos, y un reordenamiento que apunta reducir la cantidad de sublemas por municipio y limitar las reelecciones indefinidas de los intendentes.

También se impulsa una ley de Ficha Limpia provincial como mecanismo de transparencia para acceder a los cargos electivos y además para elevar los estándares para quienes aspiran a asumir responsabilidades en representación del pueblo.

En lo que respecta a la defensa de los intereses provinciales, el norte es claro: Rovira adelantó que desde el espacio político se impulsará un proyecto que aplique exenciones impositivas para el vapuleado sector yerbatero producto de la desregulación del INYM. Esta iniciativa apunta a una menor carga tributaria para quienes producen hasta 25.000 kilos de hoja verde, además de promover financiamiento para los pequeños productores, con el objetivo de robustecer toda la cadena productiva.

En la misma línea, Encuentro Misionero plantó bandera respecto a la creación de una zona diferencial como herramienta aduanera y tributaria para corregir las asimetrías que padece Misiones frente a Paraguay y Brasil, y que afecta enormemente al comercio y la industria local.

Cada uno de estos ejes, claramente identificables, dan cuenta de que la agenda de Encuentro Misionero toma forma de la mano de las demandas de una sociedad que exige una clase dirigente que atienda sus problemas, brinde soluciones y les muestre la senda del camino hacia un futuro mejor. Al fin y al cabo, de eso se trata la política: interpretar el pulso de la sociedad y actuar en consecuencia.

(*) Abogado. Diplomado en Manejo de Crisis y en Análisis de Procesos Electorales. Especializado en Comunicación de Gobierno y Electoral. Becario de la Fundación Konrad Adenauer (Alemania) y del Centro de Análisis y Entrenamiento Político (Colombia).

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