Hay triunfos que se festejan… y hay triunfos que se sienten. El sufrido 3 a 2 de la Selección Argentina frente a Egipto volvió a demostrar que el fútbol, en nuestro país, es mucho más que un deporte. Es una emoción colectiva capaz de detener el tiempo, sacar a la gente de sus casas y convertir cualquier plaza o avenida en un inmenso abrazo celeste y blanco.

Apenas el árbitro marcó el final del partido, comenzaron a escucharse las primeras bocinas. En cuestión de minutos, la alegría se multiplicó de norte a sur de la Argentina. Miles de familias salieron con banderas, camisetas, bombos y canciones para celebrar una nueva alegría de la Selección.
En Misiones, la fiesta tuvo su propio color. En Posadas, la Costanera volvió a ser el escenario de una multitud que se reunió frente al río Paraná. Jóvenes, niños, abuelos y familias enteras coparon el paseo costero entre cánticos, banderas argentinas y un interminable desfile de autos, motos y camionetas que hicieron sonar sus bocinas durante horas. Escenas similares se vivieron en Oberá, Eldorado, Puerto Iguazú, Apóstoles, Montecarlo, Puerto Rico, San Vicente, Aristóbulo del Valle y en decenas de localidades del interior provincial.
En 25 de Mayo tampoco hubo lugar para quedarse en casa. La Plaza de los Inmigrantes volvió a transformarse en el corazón de los festejos. Decenas de familias llegaron envueltas en banderas argentinas, con camisetas de la Selección y la alegría reflejada en cada sonrisa. Los chicos corrían con banderitas mientras los más grandes recordaban otras tardes inolvidables del fútbol argentino.
La emoción continuó con una extensa caravana de automóviles, camionetas y camiones que recorrió las principales calles del pueblo. Cada bocinazo parecía decir lo mismo: Argentina había vuelto a regalar una alegría.
Pero cuando parecía que la tarde ya había entregado todas sus postales, el cielo sorprendió con una imagen que quedará guardada en la memoria de los misioneros.
Desde el Aeropuerto General San Martín de Posadas despegó un avión muy especial. Se trata del histórico Ercoupe de 1946, pintado de celeste y blanco, con el número 10 en la cola, una verdadera joya de la aviación que pertenece al piloto Julio Rivero.
Acompañado por el piloto Agustín Jaquinto, Rivero emprendió vuelo rumbo a la Costanera de Posadas llevando una gran bandera argentina desplegada desde la cabina. El Ercoupe posee una característica única que lo distingue de la mayoría de los aviones de su época: sus ventanillas pueden abrirse completamente en vuelo, permitiendo a los pilotos sentir el viento en el rostro, una sensación que remonta a los primeros años de la aviación y que convierte cada vuelo en una experiencia muy especial.
Con la cabina abierta y la bandera flameando al compás del aire, el pequeño avión fue dibujando su recorrido sobre el río Paraná, ofreciendo una postal que emocionó tanto a quienes miraban desde la Costanera como a quienes seguían los festejos desde distintos puntos de la ciudad.
Mientras abajo miles de personas cantaban, saltaban y agitaban sus banderas, arriba el viejo Ercoupe atravesaba lentamente el cielo misionero. Muchos levantaron la vista, otros sacaron sus teléfonos para inmortalizar el momento y no faltaron los aplausos cuando el avión realizó varias pasadas sobre la multitud. Por unos minutos, todas las miradas dejaron el escenario de los festejos para seguir el vuelo de esa pequeña aeronave que llevaba la bandera argentina como protagonista.
Para quienes conocen a Julio Rivero, saben que no fue un vuelo improvisado. Con el paso del tiempo se ha convertido en una hermosa tradición. El pasado 3 de abril despegó para rendir homenaje a los héroes de Malvinas. Volvió a hacerlo el 25 de Mayo, acompañando desde el aire los festejos patrios. Y este martes, fiel a su costumbre, eligió celebrar una nueva alegría de la Selección Argentina llevando la bandera nacional por el cielo misionero.
Su Ercoupe de 1946 ya no es solamente un avión. Es parte de las grandes celebraciones populares, un símbolo de la pasión por la aviación, del amor por la patria y del compromiso de mantener vivas esas pequeñas tradiciones que emocionan a todos. Cada vuelo demanda horas de preparación, revisiones y dedicación, pero para Rivero la recompensa llega cuando ve a la gente levantar la vista, sonreír y saludar desde abajo.
Porque mientras miles de personas celebraban en las calles, Julio Rivero y Agustín Jaquinto eligieron festejar desde el lugar que más aman: el cielo.
Y quizás esa sea la imagen que mejor resuma esta jornada inolvidable. Abajo, una multitud unida por una misma pasión; arriba, un Ercoupe de 1946, con su cabina abierta, el viento golpeando el rostro de sus pilotos y una gran bandera argentina flameando orgullosa mientras sobrevolaba la Costanera de Posadas y el río Paraná.
En tiempos donde las noticias muchas veces hablan de dificultades, el fútbol vuelve a regalar algo invaluable: la posibilidad de abrazarnos sin conocernos, de cantar con desconocidos y de sentir, aunque sea por un rato, que todos empujamos para el mismo lado.
La tarde en que Argentina derrotó a Egipto dejó mucho más que una clasificación. Dejó plazas colmadas, caravanas interminables, sonrisas compartidas y una imagen que seguramente quedará en la memoria de los misioneros: un Ercoupe de 1946 surcando el cielo celeste y blanco, recordándonos que cuando juega la Selección, la pasión argentina también aprende a volar.

