Hay viajes que uno hace para entrevistar a una persona.
Y hay otros viajes que uno hace para encontrarse con una parte de la historia.
Esta vez el camino me llevó hasta Dos de Mayo.
No fui detrás de una noticia urgente. No fui a buscar un título político. Fui a buscar una historia.
La casa de Don Cacho Álvarez e Irma Estela Godoy está sobre la calle Chaco. Una casa de esas que parecen guardar algo más que muebles y fotografías: guardan años.
Y cuando uno se sienta frente a Pedro Amado Álvarez, más conocido por todos como Cacho, enseguida comprende que tiene delante a un hombre que vivió muchas vidas dentro de una sola.
Cacho nació en Leandro N. Alem, en enero de 1945.
Era un chico cuando la Argentina estaba atravesada por una enorme discusión política. Su padre era transportista y radical, y aquellas diferencias políticas no eran simplemente discusiones de sobremesa.
Él recuerda que conseguir combustible, neumáticos o determinados elementos para trabajar podía convertirse en un problema.
Y hay una imagen de su infancia que quedó grabada para siempre.
Tenía apenas diez años cuando cayó Perón, en 1955.
Recuerda haber visto la celebración popular y hasta el derribo de un busto de Eva Perón.
Quizás sin saberlo, aquel niño comenzó a aprender una de las cosas que después marcarían su vida política:
que las sociedades cambian, que los hombres pasan y que las pasiones políticas también pueden cambiar de un día para otro.
Después vino la escuela.
Cacho se recibió de Maestro Normal en 1963.
Y en 1964 llegó a Dos de Mayo.
Llegó como maestro.
Pero Dos de Mayo era todavía un lugar donde había mucho por hacer.
Los caminos eran de tierra, las distancias parecían mucho más largas que hoy y tener un vehículo significaba tener una herramienta fundamental para sobrevivir.
Entonces Cacho consiguió un Jeep.
Y empezó a hacer fletes.
Era, prácticamente, el vehículo que conectaba las colonias con el pueblo.
Mientras enseñaba en la escuela, también recorría caminos llevando mercadería, personas y quién sabe cuántas historias.
Después compró una Chevrolet y apareció otra faceta de su vida: el comerciante.
Vendió vinos.
Y de a poco aquel maestro y fletero se transformó en distribuidor mayorista.
Giol, Nofal, Pepsi, Quilmes.
Dos camiones y una camioneta.
Kilómetros y kilómetros de caminos colorados.
Una Misiones distinta, donde muchas veces el comercio se hacía a fuerza de voluntad, paciencia y barro.
Y en medio de todo eso estaba Irma.
Irma Estela Godoy, su compañera de vida, también maestra.
Treinta y ocho años frente a las aulas de la Escuela 473 de Dos de Mayo.
Ella conoce perfectamente esa historia porque la vivió desde adentro.
La historia de Cacho no se puede contar sin Irma.
Porque detrás de cada hombre que pasa muchos años en la función pública suele haber una familia que también hizo su parte.
Pero Cacho tenía otra pasión.
La política.
Había comenzado a acercarse al radicalismo cuando era estudiante.
Y en 1975, en Dos de Mayo, asumió la presidencia de la Juventud Radical.
Organizó un acto con Ricardo Balbín.
Y aquel encuentro terminó siendo mucho más que un acto político: ayudó a consolidar el comité radical de la localidad.
Después llegó 1976.
El golpe militar.
La sede partidaria fue clausurada por Gendarmería.
Cacho fue a reclamar.
Y consiguió recuperar el local, aunque con una condición: no hacer proselitismo.
Son esas pequeñas historias que muchas veces no aparecen en los grandes libros de historia, pero que cuentan cómo se vivían aquellos años en los pueblos.
También recuerda otra gestión de aquellos tiempos que parece increíble si la miramos desde hoy.
La comisión pro-teléfono.
Dos de Mayo necesitaba una central telefónica.
Y había que conseguirla.
Cacho se puso a trabajar con ENTEL y con el municipio.
Porque en aquellos años, conseguir un teléfono para un pueblo no era apretar un botón y esperar que llegue un técnico.
Había que viajar, golpear puertas, hablar con funcionarios y convencer.
Y Cacho sabía golpear puertas.
Quizás esa fue una de sus mayores virtudes políticas.
En 1983 llegó la democracia.
Y llegó también su primera intendencia.
Cacho fue elegido intendente de Dos de Mayo.
Dejó su cargo de gerente en una cooperativa para evitar cualquier conflicto de intereses.
Y empezó una etapa que iba a cambiar definitivamente su vida.
Me cuenta que muchas veces salía de madrugada hacia Posadas.
No había teléfonos celulares.
No había WhatsApp.
No había correo electrónico.
Había que estar personalmente.
Había que encontrar al ministro.
Había que esperar.
Había que insistir.
Y cuando finalmente aparecía el funcionario, había que tener preparado el proyecto.
Así se construía política en aquellos tiempos.
En 1984 llegó uno de esos momentos que Cacho todavía recuerda con emoción.
Raúl Alfonsín visitó Dos de Mayo.
El presidente de la democracia llegó a la localidad para la fundación de Pueblo Illia.
Para un hombre radical como Cacho, aquel día quedó guardado para siempre.
Después vendrían decisiones, aciertos, errores y también esas vueltas que tiene la política.
En 1987, cuando podía buscar nuevamente la intendencia, Mario Losada le ofreció integrar su equipo como ministro de Bienestar Social.
Cacho decidió no presentarse a la reelección.
La fórmula perdió.
Y entonces ocurrió algo que seguramente muchos políticos conocen demasiado bien:
se quedó sin la intendencia y sin el ministerio.
Volvió a la docencia.
Pero la historia todavía no había terminado.
En 1991 volvió a ganar la intendencia.
Y después volvió a ganar.
Y otra vez.
Tres períodos al frente de Dos de Mayo, hasta 1999.
Cuando terminó, decidió que era momento de parar.
Había llegado el cansancio.
Y también había llegado el momento de dejar que otros continuaran el camino.
Porque hay algo que Cacho rescata especialmente cuando habla de Dos de Mayo:
que los intendentes que vinieron después no destruyeron lo anterior para empezar de cero.
Continuaron obras.
Mejoraron proyectos.
Y entre esas obras aparece el Parque Sur.
Quizás ahí esté una de las grandes enseñanzas que deja esta charla.
Un pueblo no se construye en cuatro años.
Se construye durante décadas.
Un intendente comienza una obra.
Otro la continúa.
Otro la mejora.
Y algún día los vecinos simplemente disfrutan de aquello sin saber quién puso la primera piedra.
Cuando Cacho dejó la intendencia también tuvo que cerrar su distribuidora.
Una empresa que había construido con muchísimo esfuerzo.

La función pública le exigía todo su tiempo.
Y aquel comerciante que había recorrido Misiones con sus camiones tuvo que elegir.
Vendió los vehículos.
Y con parte de aquel dinero compró un Ford Falcon modelo 1977.
Ese Falcon todavía está.
Y quizás sea mucho más que un auto.
Es un pedazo de aquella vida.
Un recuerdo material de los caminos recorridos, de las decisiones tomadas y de todo lo que quedó atrás.
Después de 1999 Cacho siguió vinculado a la política.
Ayudó a otros.
Acompañó candidatos.
Y en 2003 tuvo un papel importante en el triunfo de Garay, quien después gobernaría Dos de Mayo durante tres períodos.
Porque Cacho entendió algo que no siempre resulta sencillo:
uno puede dejar el cargo sin dejar de querer a su pueblo.
Me habló también de lo difícil que es abandonar una función pública.
Lo describió como un duelo.
Y quizás tenga razón.
Porque durante años la vida de una persona puede organizarse alrededor de una oficina, un municipio, una comunidad, problemas que resolver, gente que atender.
Y un día se termina.
Se apaga la luz de la oficina.
Se entrega la llave.
Y comienza otra vida.
Hoy Cacho sigue siendo presidente del comité radical local.
Y cuando habla del radicalismo habla también de una preocupación.
Dice que el partido perdió parte de su esencia.
Y recuerda una frase que identifica con el pensamiento de Alfonsín:
“El que gana gobierna y el que pierde ayuda.”
Qué distinta sería la Argentina, quizás, si pudiéramos recuperar algo tan sencillo.
No pensar que el que piensa distinto es un enemigo.
No creer que cada gobierno debe destruir todo lo que hizo el anterior.
No convertir la política en una pelea permanente.
Porque Cacho, después de haber vivido dictaduras, democracias, crisis, elecciones, gobiernos y derrotas, parece haber llegado a una conclusión sencilla:
los políticos pasan.
Los pueblos quedan.
Y las obras quedan.
Las escuelas quedan.
Los caminos quedan.
Los teléfonos quedan.
Los parques quedan.
Pero sobre todo quedan las historias.
Y mientras hablábamos, en aquella casa de la calle Chaco, pensé que quizás eso era lo que había ido a buscar.
No solamente al ex intendente.
No solamente al radical.
No solamente al maestro o al comerciante.
Había ido a buscar al hombre.
Al hombre que nació en Alem, que llegó a Dos de Mayo con un Jeep, que enseñó en una escuela, que recorrió caminos de tierra, que vendió vinos, que tuvo camiones, que hizo política, que conoció a Alfonsín, que gobernó su pueblo tres veces y que un día decidió bajar del escenario.
Y ahora, muchos años después, sentado junto a Irma, mira hacia atrás.
No parece mirar solamente su propia vida.
Parece mirar la vida de un pueblo entero.
Y quizás por eso, cuando uno se levanta de una charla así, se lleva algo más que una entrevista.
Se lleva una pregunta.
¿Qué vamos a dejar nosotros cuando llegue el momento de irnos?
Porque los cargos terminan.
Los gobiernos terminan.
Las elecciones terminan.
Pero queda aquello que hicimos por los demás.
Y mientras regreso de Dos de Mayo, por esos caminos de nuestra Misiones colorada, pienso que tal vez la verdadera política sea justamente eso:
dejar algo para que otro pueda continuarlo.
Como una posta.
Como un camino.
Como una historia que nunca termina.
Y quizás esa sea la mejor manera de recordar a hombres como Cacho Álvarez.
No por el cargo que ocuparon.
Sino por el camino que ayudaron a construir.


