El miércoles, en el programa de Fredy, una vieja historia abrió una puerta inesperada: comenzaron a llegar recuerdos de Rastrojeros, de viajes, de trabajo, de sacrificios y de una Argentina que alguna vez fabricó sus propias máquinas.

Hay vehículos que sirven para llevar una carga.
Hay otros que, con el paso de los años, terminan llevando algo mucho más importante: los recuerdos de toda una comunidad.
Eso fue lo que ocurrió el miércoles en el programa de Fredy.
La historia comenzó hablando del Rastrojero, aquella camioneta nacida en Córdoba en 1952, cuando la Argentina todavía tenía la ambición de fabricar sus propias máquinas. El proyecto surgió en IAME y los primeros prototipos incluso aprovecharon componentes de tractores Empire adquiridos como rezago de guerra. Después llegarían los motores diésel Borgward y una producción que convertiría al Rastrojero en uno de los grandes símbolos de la industria nacional.
Pero lo que parecía ser simplemente una historia de automóviles terminó convirtiéndose en una historia de personas.
Y en 25 de Mayo hay un Rastrojero que ocupa un lugar muy especial. Es amarillo, modelo 1980, y pertenece a Adrián Frank.
Pero antes fue de su padre, Eduardo, y ahí la historia cambia completamente.
Porque para quienes conocimos a Eduardo, esa camioneta no es simplemente una vieja máquina conservada en impecable estado.
Es Eduardo.

Eduardo era de esos hombres de corazón grande, de los que siempre tenían ganas de dar una mano, de ayudar a alguien, aun cuando ellos mismos tenían sus propios problemas. Y quizás por eso, cada vez que ese Rastrojero amarillo aparece recorriendo las calles del pueblo, hay algo que va mucho más allá del ruido del motor.
Uno lo mira y recuerda.
Recuerda a Eduardo.
Recuerda una época, recuerda un pueblo diferente.
Recuerda que hubo hombres que hicieron de la solidaridad una forma de vivir.
Y ahora Adrián, su hijo, mantiene aquella camioneta como una verdadera pieza de la memoria familiar.
Y entonces comenzaron a llegar los mensajes
Después de contar la historia al aire, ocurrió algo hermoso.
Los oyentes empezaron a sacar sus propios Rastrojeros del recuerdo.
Mario Sphan, ex intendente de 25 de Mayo, recordó el Rastrojero del Pastor Berndt

Y de repente aquella camioneta dejó de ser solamente la historia de Eduardo, porque parecieron otros Rastrojeros.
Otros hombres, otros caminos. Otra Argentina.
Desde el Paraje Iguazú, don Smaniotto apareció también en los recuerdos de los oyentes, ligado a otro de aquellos vehículos que durante tantos años fueron parte inseparable de la vida de las colonias.
Porque el Rastrojero estaba ahí.
En los caminos de tierra, en las chacras. En los pueblos, llevando herramientas, bolsas, mercadería, familias, enfermos, trabajadores y sueños.
Pero quizás uno de los recuerdos más entrañables llegó desde Dos de Mayo.
Carlos Truenow contó una historia que seguramente quedó guardada durante décadas en algún rincón de su memoria.
Cuando era chico, viajó junto a su padre a Entre Ríos, a bordo del Rastrojero del Pastor Berndt y su familia
Y uno puede imaginar aquel viaje.
La ruta interminable, ripio , pasar arroyos con balsas
El ruido característico del motor.
El paisaje pasando por la ventanilla.
Las paradas, el cansancio.
La conversación entre un padre y un hijo.
Y esa camioneta avanzando kilómetros y kilómetros.
Quizás Carlos no sabía entonces que muchos años después iba a recordar aquel viaje hablando por radio, pero así funciona la memoria.
A veces no recordamos todos los detalles de nuestra infancia. Recordamos el vehículo.
Recordamos dónde íbamos sentados.
Recordamos el olor.
El ruido del motor.
El movimiento de la carrocería.
Y, sobre todo, recordamos con quién viajábamos.
También apareció la salud rural
El Rastrojero volvió a aparecer en otro recuerdo cuando Evanice Glenser recordó a los promotores de salud.
Y ahí aparece otra dimensión de aquella camioneta.
No solamente fue vehículo de agricultores o comerciantes.
También fue vehículo de quienes tenían que llegar hasta donde terminaba el asfalto.
Porque en Misiones hubo —y todavía hay— una geografía donde la salud muchas veces significa recorrer kilómetros de caminos de tierra para llegar a una colonia, una chacra o una familia.
Y ahí estaba el Rastrojero.Resistente.
Sencillo.
Preparado para el barro, para los pozos y para esos caminos donde otros vehículos tenían dificultades.
Y entonces apareció la historia de Tito Reinaldo
Otro mensaje terminó de completar aquella fotografía de época.
Tito Reinaldo recordó sus años trabajando como enfermero rural.
Y contó algo que parece salido de una película, pero que forma parte de nuestra propia historia:
la Provincia le entregó un Rastrojero 0 kilómetro para recorrer las colonias.
Un Rastrojero nuevo.
Para trabajar.
Para llegar a la gente.
Para recorrer caminos que muchas veces parecían no terminar nunca.
Y entonces uno entiende realmente qué significaba aquella camioneta.
No era solamente una pick-up.
Era una herramienta de trabajo.
Era parte de la infraestructura de un Estado que necesitaba llegar hasta el último rincón de la provincia.
Era el vehículo del enfermero.
Del pastor.
Del agricultor.
Del comerciante.
Del promotor de salud.
Del padre que llevaba a sus hijos.
Del hombre que cargaba sus herramientas.
Del colono que necesitaba atravesar un camino embarrado.
Una camioneta que terminó contando la historia de la Argentina, y quizás ahí está la verdadera importancia del Rastrojero.
Porque cuando hablamos de él, en realidad estamos hablando de mucho más que de una camioneta.
Estamos hablando de una Argentina que tenía fábricas, obreros, ingenieros, técnicos y proveedores.
Una Argentina que intentó desarrollar una industria propia.
El Rastrojero formó parte de aquel proyecto industrial nacido alrededor de IAME en Córdoba, que también produjo automóviles, tractores, motocicletas y otros vehículos, generando conocimientos y una red de proveedores nacionales. CONICET destaca justamente ese proceso como una experiencia de aprendizaje tecnológico e industrialización con participación de empresas locales.
Después vendrían los años difíciles.
La industria argentina comenzó a perder terreno, la apertura económica modificó el escenario y finalmente la producción del Rastrojero fue suspendida en 1979, poniendo fin a casi tres décadas de fabricación.
Pero hay algo que ninguna política económica pudo cerrar…. La memoria.
Porque una fábrica puede cerrar.
Una línea de producción puede detenerse.
Un modelo puede dejar de fabricarse.
Pero si una camioneta sigue andando por las calles de un pueblo, puede seguir contando una historia.
Y por eso está el Rastrojero amarillo de Eduardo
Quizás por eso, cuando aparece el Rastrojero amarillo de Adrián Frank por las calles de 25 de Mayo, algunos simplemente ven una vieja camioneta.
Pero otros vemos otra cosa.
Vemos a Eduardo.
Vemos al hombre de corazón enorme.
Vemos una época.
Y escuchamos, casi sin querer, aquellas historias que aparecieron el miércoles en el programa de Fredy:
Mario recordando al pastor Berdt.
El recuerdo del Rastrojero de don Smaniotto, en Pparaje Iguazú.
Carlos Trueno viajando de chico hacia Entre Ríos junto a su padre.
Evanice recordando a los promotores de salud.
Tito Reinaldo, enfermero rural, recorriendo las colonias en aquel Rastrojero 0 kilómetro que le entregó la Provincia.
Todos ellos tienen algo en común.
Todos tuvieron un Rastrojero en algún momento de sus vidas.
Y detrás de cada Rastrojero había una historia.
Un hombre.
Una familia.
Un trabajo.
Un viaje.
Una necesidad.
Un sueño.
Por eso, cuando el Rastrojero amarillo de Eduardo Frank vuelve a pasar por las calles de 25 de Mayo, quizás no sea solamente una camioneta antigua la que está circulando.
Es una parte de nuestra historia que todavía tiene motor.
Y mientras Adrián lo siga cuidando, aquella máquina seguirá haciendo algo maravilloso:
llevar a Eduardo un poquito más lejos.
Porque hay personas que se van.. pero dejan cosas que siguen hablando de ellas.
Y algunas veces esas cosas tienen cuatro ruedas, una carrocería amarilla y el sonido inconfundible de un motor que parece decirnos:
“No se olviden. Esto también fue parte de nosotros.”

