Hay lugares que uno visita y simplemente conoce. Y hay otros que uno recorre y siente que tienen algo para decir.
Eso me pasó este mediodía en Dos de Mayo.
La cita fue en un lugar muy particular: el atelier “Pasión Arte”, de Marta Esther Dreves. Un espacio donde los grandes ventanales dejan entrar el paisaje, los árboles, los pájaros y una luz que parece formar parte de las pinturas.
Pero esta vez no fui solamente a hablar de arte.
Fui a encontrarme con dos personas que, desde lugares diferentes, guardan una parte importante de la memoria de 2 de Mayo: Marta, artista, docente, directora de coro y creadora de la bandera del municipio; y Carlos Trueno, contador, hombre de la comunidad y, sobre todo, un verdadero archivo viviente de historias.
Un taller que también es refugio
Marta llegó al arte después de muchos años vinculada a la educación. Cuando se jubiló, decidió que no era momento de quedarse quieta.
Creó “Pasión Arte”.
Y uno entiende rápidamente que no se trata solamente de un taller de pintura.
Es un lugar para encontrarse, aprender, conversar y también sanar un poco el alma.
Mientras hablamos, detrás de nosotros está una obra que Marta todavía está terminando: Jesucristo abrazando a un cordero.
Ella explica los detalles de la pintura, las veladuras del pelo, la barba, la expresión del rostro. Busca transmitir paz.
Y quizás allí esté una de las claves de este lugar: Marta no solamente pinta lo que ve; intenta pintar lo que quiere provocar en quien mira.
Cuenta que muchas veces los chicos y los adultos reaccionan de manera diferente frente a sus cuadros. Algunos encuentran dulzura, otros severidad.
Porque el arte también tiene esa capacidad: cada persona termina viendo algo de sí misma en una pintura.
Cuarenta años cantando juntos
Pero la historia de Marta no termina en los pinceles.
En 1986 tomó la dirección del coro de la iglesia.
Lo hizo, según cuenta, con “puro coraje”.
Tenía apenas un año de piano cuando se animó a aprender a tocar el armonio y ponerse al frente de un proyecto que con el tiempo se transformaría en una verdadera institución comunitaria.
Hoy el coro se acerca a los 40 años.
Pasaron generaciones, cambiaron las voces, llegaron nuevas personas y se fueron otras, pero la esencia permanece.
No son profesionales.
No cobran por cantar.
Se reúnen porque aman la música.
Y quizás eso sea justamente lo más valioso: en tiempos donde muchas cosas se hacen por obligación o por conveniencia, todavía existen personas que se juntan simplemente porque quieren hacer algo por los demás.
Antes de las rutas estaban las picadas
Carlos Trueno, mientras tanto, comienza a abrir otro libro.
El de la historia de 2 de Mayo.
Y aparecen los pioneros.
Los nombres de Pedro Núñez, Wasilkoff, De Rosa, Zulo Perilla, Neuendorf y tantas otras familias que llegaron cuando esto era prácticamente monte.
Estamos hablando de la década del 40.
No había rutas como las conocemos hoy.
Había picadas.
Los primeros colonos levantaban sus viviendas con lo que tenían a mano, muchas veces utilizando palmeras, abrían chacras y comenzaban a plantar maíz y poroto.
Llegaban ucranianos, polacos, alemanes y familias de diferentes procedencias.
Pero había algo que los unía: la necesidad de construir juntos.
Se reunían periódicamente para leer noticias, aprender castellano y pensar cómo hacer crecer el lugar.
Y así, lentamente, comenzó a nacer un pueblo.
Un pueblo industrial en medio de la selva
La historia de Dos de Mayo también se explica mirando sus aserraderos.
Carlos recuerda que en las décadas del 60 y 70 llegó a haber alrededor de 20 establecimientos distribuidos en distintos barrios.
Aserraderos, yerba, té, tung y tabaco formaban parte de una economía que daba trabajo a cientos de familias.
El té tuvo también protagonistas importantes, como Federico Schweizer y posteriormente el desarrollo de empresas vinculadas a la exportación.
Con el tiempo aparecieron industrias más grandes y una matriz productiva que todavía hoy distingue a 2 de Mayo de muchas otras localidades de la zona.
Pero quizás lo más interesante no sean solamente los números.
Lo interesante es comprender que detrás de cada aserradero había familias, detrás de cada chacra había una historia y detrás de cada camino había alguien que tuvo que abrirlo.
El día que pasó “el tren” frente a su casa
Y entonces aparece una de esas historias que parecen inventadas.
Carlos era chico cuando escuchó un sonido que le resultaba familiar.
Un silbato.
Pensó que era un tren, pero no.
Lo que estaba pasando frente a su casa era una enorme caldera a vapor montada sobre ruedas de hierro.
La había comprado Erwin Yeske y era conducida por Guillermo Holland.
El viaje desde Oberá hasta 2 de Mayo, unos 100 kilómetros, llevó aproximadamente ocho días.
Ocho días, hoy hacemos ese recorrido en poco más de una hora.
Ellos tenían que avanzar por caminos difíciles, sortear puentes que no soportaban el peso de las ruedas de hierro y transportar detrás agua, leña y provisiones.
Carlos recuerda aquella escena de su infancia y hasta le puso título a la historia:
“El día que pasó el tren frente a mi casa”.
Y sinceramente, es una de esas historias que merecen quedar escritas.
Cuando un camino podía llevar toda una noche
También aparece la historia de los viejos transportes.
La empresa La Victoria, de los hermanos Lorenzo, conectaba buena parte de la zona centro y norte de Misiones.
Transportaban pasajeros, correo y hasta bolsas de sueldos.
Las rutas eran de tierra.
Cuando llovía, podía ocurrir cualquier cosa.
Un vehículo podía quedar empantanado, había que esperar, pedir ayuda, buscar una alternativa o directamente pasar la noche en el camino.
Y allí aparece otra característica de aquella época: la solidaridad.
El que podía ayudar, ayudaba.
Porque en aquellos tiempos, quedar varado en un camino no era solamente un problema del conductor.
Era un problema de todos.
La bandera que salió de un sobre
Marta también tiene su propia página en la historia reciente de Dos de Mayo.
En 2020, para el 80° aniversario del municipio, se realizó un concurso para elegir la bandera.
Marta se presentó bajo un seudónimo.
El jurado eligió su diseño.
Pero nadie sabía quién estaba detrás de aquel trabajo.
Hasta que se abrió el sobre.
Su bandera combina celeste, blanco y verde.
El cielo, el agua, la pureza, la unión y la identidad misionera.
Pero hay un elemento que llama especialmente la atención: un tronco atravesado por un hacha.
Es el homenaje a aquellos primeros hombres y mujeres que tuvieron que abrir el monte para construir sus casas, sus chacras y, con el tiempo, sus industrias.
También aparecen hojas verdes, relacionadas con la reforestación y el progreso.
Y en el centro, un corazón.
Un corazón que representa la ubicación de 2 de Mayo en el centro de Misiones, pero también algo mucho más sencillo: la gente como motor de un pueblo.
La memoria también tiene heridas
La charla con Carlos no solamente trae recuerdos felices.
También aparecen historias dolorosas.
Habla de su madre, Ofelia, una mujer emprendedora que tuvo un papel importante en la comunidad.
Había abierto una sucursal de artículos para el hogar, enseñaba en la escuela dominical, acompañaba al pastor y fue protagonista de aquel primer festejo del Día de la Madre realizado en 1965.
Murió a los 54 años, después de un accidente doméstico y de una serie de dificultades médicas que Carlos todavía recuerda con enorme dolor.
Hay recuerdos que no envejecen.
Pasan los años, cambia el pueblo, aparecen nuevas generaciones, pero algunas historias siguen viviendo dentro de quienes las conocieron.
Un pueblo contado por quienes lo vivieron
Quizás eso sea lo que más me quedó de esta charla.
Dos de Mayo no aparece solamente como una localidad de Misiones.
Aparece como un enorme álbum de fotografías.
Está la selva.
Están los pioneros.
Los aserraderos.
El té.
La yerba.
Los caminos embarrados.
Los vehículos que podían tardar días en llegar.
Los colonos que se ayudaban entre sí.
Los pastores que recorrían cientos de kilómetros.
Las familias que levantaron sus casas prácticamente desde cero.
Y también está el presente.
Está Marta pintando a Jesús abrazando un cordero.
Está un coro que lleva casi cuatro décadas cantando.
Está Carlos, todavía trabajando como contador después de 45 años de profesión y preparando un libro que llevará por título “Surcos de la Memoria”.
Y está la necesidad de que todas estas historias no se pierdan.
Porque los pueblos no solamente se construyen con rutas, industrias, escuelas o edificios.
También se construyen con memoria.
Y cuando uno escucha a personas como Marta y Carlos, entiende que en Misiones todavía quedan muchos capítulos por escribir.
Quizás por eso, cuando salí de “Pasión Arte”, tuve la sensación de que no había terminado una entrevista.
Había abierto una puerta.
Y detrás de esa puerta estaba todo un pueblo esperando para contar su historia.


